Toda la locura encerrada en la Muralla de Lugo

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Ocurrencias Delirantes

3 de febrero de 2012

AL TROTE III

     Efectivamente, al correr sentía como quedaban atrás dolores, angustias y demonios internos que unas veces pesaban como si estuvieran metidos en una mochila colgada a la espalda y otras le hacían huir despavorido como con un perro con una lata atada al rabo que corre hasta reventarse. 


     En cualquier caso, correr valía la pena. Una ducha caliente tras el esfuerzo era una recompensa adicional. Un alivio. Hasta en sus fantasías se había empezado a ver corriendo cada vez más lejos. Empezaba a vivir una cierta sensación de libertad. Se imaginaba como Forrest Gump corriendo de un extremo a otro del país. 


       Esa escena... Forrest sentado en el porche de su casa en silencio. Solo. Abatido y vacío después de haber sido abandonado por Jane. Con las zapatillas que ella le había regalado en los pies y la caja vacía al lado. De repente, se levanta y empieza a correr. Y a correr. Y sigue corriendo sin detenerse. Rebasando un límite tras otro hasta llegar a la orilla del océano. Y una vez allí, vuelta hasta el otro extremo del país. Una y otra vez... 


    Como él. Sí, también corría huyendo de la  soledad, del abandono y del vacío de una vida que día a día había terminado por perder su sentido.


    No era nada nuevo. Hacía ya unos cuantos años que no se encontraba bien. Aparentemente, lo tenía todo para ser feliz: Había hecho una carrera universitaria, trabajaba en lo que había elegido, se había casado con su novia de toda la vida, había formado una familia y tenía unos hijos maravillosos, y, además gozaba de una buena situación económica y social. Pero no era feliz. Había oído hablar de la crisis de los cuarenta. O quizá fuera la pitopausia. Los que saben de las edades de la vida humana sabrían emitir un dictamen más acertado. Fuera lo que fuese, el caso es que algo no acababa de ir  bien. ¿Aburrimiento?, ¿falta de nuevas metas o de nuevas expectativas?, ¿desamor?. Tal vez un poco de todo. Era como tener sed en medio del mar, rodeado de agua por todas las partes.


    ¡Qué difícil resulta hablar de esto! Nadie tiene ganas de oír penas. O de que vengan removiendo las propias. Las pocas veces que comentaba algo, su entorno se limitaba a emitir recetas de tópicos y banalidades del tipo "esto es lo que hay" o silenciarle la boca diciendo que "no tienes tú ningún derecho a quejarte, cuando hay otros que lo están pasando mucho peor". 


     Antes estaban los curas para estas cosas. Ahora hay profesionales como psicólogos y psiquiatras, aunque en la práctica parecen estar más prestos acallar lamentos y quejas que a fomentar el que uno mismo pueda escucharse. Lo más común es encontrar vacuos argumentos de pensamiento positivo u optimismo inteligente cuando no un poderoso arsenal farmacológico capaz de amordazar, anestesiar y silenciar cualquier malestar que se tercie. 


     Por lo tanto, la solución que le quedaba era la de lo que hacen los hombres maduros, adultos y razonables: cerrar los ojos, apretar los dientes, seguir adelante a pesar de los pesares y desoír esa voz de su malestar. El santo remedio del ajo y agua y el tirar para adelante como sea.


    Entre cerveza y cerveza, había contado a su amigo más íntimo, que hacía mucho tiempo que se sentía como un hámster dentro de su jaula dando vueltas en la rueda, corriendo así para no llegar a ninguna parte. Una mera ilusión de avance, de escapada, de libertad. Pero al final todo seguía igual; era un estéril giro de noria para él aunque pudiera resultar productivo para otros. Su trabajo, su rutina de cada día, sus aficiones a las que se entregaba ya sin ninguna ilusión. Todo se le antojaba un engañoso correr tras la vana ilusión de vivir y realizarse, pero mientras tanto era consciente de que su vida no iba a ninguna parte, más allá de la esterilidad, el envejecimiento y finalmente la muerte. ¿Cuántas cosas había perdido de vivir?. Y lo que es peor, ¿cuántas se estaba perdiendo de vivir? ¿Cuántos deseos había olvidado? ¿Cuántos sueños se habían evaporado? ¿Cuántos ideales había traicionado?.


    Con amargura, comprendía que su vida se había convertido en un seguir una ruta ya prefijada desde que era niño. A solas consigo, comprendía que era muy poco lo que verdaderamente había podido elegir. Porque su camino siempre había estado condicionado por el miedo. De algún modo era heredero de todos los traumas de nuestra Guerra Civil. El miedo a la miseria, al hambre, a la escasez, a la mezquindad, a la represión. La obligación de oír, ver y callar. Sobre todo de callar. El pasar desapercibido como mejor filosofía de vida, sin hacerse notar. Vivir con cautela y evitar que nadie conozca sus pensamientos, opiniones y convicciones. Por si acaso. Miedo al fracaso, a la traición, al abandono, a la soledad, a la impotencia. Miedo a no ser nada en la vida. Miedo a Dios. El santo y reverenciado temor de Dios.

   Solía escuchar lleno de envidia las  batallitas que contaban quienes se jactaban de haber vivido historias y situaciones límite, a veces un tanto underground en su juventud. Y es que él a penas tenía nada que contar de sus años jóvenes. Tan sólo se había limitado a ser un buen chico. A seguir el surco  trazado incapaz de liberarse del miedo que le atenazaba. A buscar la mayor seguridad. Y así se vio privado de realizar tantos deseos... ¿Qué era ahora? ¿Quién era en realidad?.


    Despertó a la juventud en aquellos tiempos en que las paredes hablaban y, a veces,  aún decían cosas interesantes. Como aquella pintada de signo anarquista cuyo texto decía: “el miedo a la libertad crea el orgullo de ser esclavos”. Fue ésta una premisa que dio por verdadera en su fuero interno y que fue confirmando a lo largo de su vida. Y así conoció fanáticos de religiones, dogmas y sectas deseosos de acotar y recortar espacio a los demás. Gente que en el fondo de su corazón no eran otra cosa que esclavos de su propio miedo y envidiosos de las libertades ajenas. Orgullosos de ser lo que eran: esclavos e sus dioses e ideas. Llenos de “esto no puede ser” de quienes nunca se atrevieron a nada. Como él. Porque todo el miedo que había mamado desde la más tierna infancia había hecho de él un buen esclavo. Aunque algo se acabó rebelando en su interior. Quizá porque entre miedo y miedo también mamó algún ansia de libertad, tan anhelada como temida en aquellos tiempos del blanco y negro. Y en ese eterno conflicto fue haciéndose hombre. O ratón. O hámster.


    Viviendo una vida que cada día se le hacía más angosta y asfixiante. La misma jaula, la misma comida. La misma rueda. La misma sensación de soledad tras los barrotes. Los únicos signos de rebelión eran gritos de  melancolía unas veces y otras la rabia. Al fin y al cabo, haz y envés de una misma hoja. No podía permitirse mucho más dentro de su propia cobardía.


    Su amigo intentaba consolarle: 
- Hombre, siempre puedes elegir, y tú con más motivo. Esa jaula de la que hablas es algo que está más bien dentro de tu cabeza.


    Y le hacía ver que los barrotes estaban hechos efectivamente de miedo, pero también de comodidad, de resignación, de apatía, de descuido, de desinterés.


- En realidad, eres libre para cambiar todo esto que me dices que no soportas… mira, sólo necesitas atreverte y correr un riesgo. A lo mejor sólo necesitas querer…
 - La verdad es que soy como un árbol seco y muerto, sin sueños, sin esperanzas. - Comentaba lleno de amargura entre cervezas, olivas, maíz tostado y cacahuetes salados.
Su amigo le confortaba haciéndole ver que las raíces de su alma seguían  vivas, que no lo veía muerto. Que esa rabia o pena que sentía eran en realidad signos de su rebelión interna. De vida al fin y al cabo frente a ese conformismo y resignación equiparable a la muerte.



- Mira, yo creo que la verdadera parte viva de la planta son las raíces, justamente lo que no  vemos. Nos engañamos pensando que los tallos, las ramas, las flores o las hojas son la planta, pero eso no son más que aparatos y extensiones para alimentarse y reproducirse. Y ya ves, cuando hay sequía o las condiciones del ambiente son malas, la planta lo sacrifica enseguida. Y ¿qué sigue vivo? Pues la raíz, que continúa colonizando la tierra, expandiéndose, penetrando… A lo mejor tienes que echar otro tallo, o nuevas hojas… en otro lado, o esperar al buen tiempo. Claro, eso tienes que verlo tú… ¿Te acuerdas del poema del Olmo Viejo de Machado?. Ya verás como, el día menos pensado, te pasa lo mismo a ti. No, no estás muerto en absoluto, amigo mío.



    Estas conversaciones le hacían regresar muy confortado y ligeramente ebrio a su casa, a su vida. A lo mejor su amigo estaba en lo cierto y sus raíces estaban vivas. ¡Cuánto añoraba un milagro como el de aquel Olmo Viejo junto al Duero!.


    Y llegó el día en que por fin sucedió ese milagro que tanto esperaba.

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